El Unicaja se quedó sin final de la BCL y, lo más preocupante, sin identidad competitiva en el momento decisivo. El conjunto de Ibon Navarro cayó ante un AEK Atenas muy superior física y mentalmente (65-78), en un partido en el que los malagueños nunca transmitieron sensación real de poder ni de control. Desde el salto inicial, el equipo griego impuso el tono, el ritmo y la dureza de una semifinal que el vigente campeón afrontó siempre a remolque.
La derrota no fue únicamente consecuencia de una mala noche ofensiva. Fue, sobre todo, la confirmación de que el Unicaja no encontró respuestas cuando el partido exigía jerarquía, carácter y personalidad. El equipo malagueño quedó atrapado en el planteamiento físico del AEK, incapaz de dominar el rebote, de correr o de imponer su habitual ritmo coral. Y eso terminó condenándolo.
El inicio ya dejó señales preocupantes. El AEK golpeó primero con un parcial de 0-5 y, aunque Perry y Kravish reaccionaron, el Unicaja empezó pronto a sufrir bloqueos ofensivos impropios de una semifinal europea. Más de cinco minutos sin anotar permitieron a los griegos crecer desde la defensa y jugar cada posesión con absoluta confianza. Mientras el conjunto ateniense encontraba tiros liberados y castigaba desde el triple, los malagueños acumulaban ataques espesos, precipitación y poca claridad.
El segundo cuarto fue directamente un naufragio. El AEK elevó el nivel de contacto, dominó la pintura y castigó una y otra vez las desconexiones defensivas del Unicaja. La diferencia llegó a superar los quince puntos y el equipo de Ibon Navarro ofrecía una imagen desconocida: blando atrás, incómodo en ataque y sin capacidad de reacción emocional. El 21-37 al descanso reflejaba perfectamente lo ocurrido sobre la pista.
La reacción tras el paso por vestuarios llegó más por orgullo que por juego. Barreiro, Perry y Kalinoski intentaron enganchar al equipo al partido con varias acciones consecutivas, pero cada vez que el Unicaja amagaba con acercarse, el AEK respondía con una canasta importante, casi siempre desde el perímetro. Bartley y Nunnally fueron verdugos constantes de un conjunto cajista que nunca terminó de creer en la remontada.
Y ese fue quizá el gran problema de la noche: el Unicaja nunca dio sensación de dominar emocionalmente el partido. Ni siquiera en sus mejores momentos. Le faltó continuidad, liderazgo y, sobre todo, firmeza competitiva. El AEK jugó con la convicción de quien sabía exactamente cómo hacer daño; el equipo malagueño, en cambio, transitó el encuentro entre dudas, impulsos aislados y demasiadas pérdidas de energía.
Ni siquiera el arreón final, con Perry tirando de orgullo y Balcerowski aportando cerca del aro, logró alterar un guion que parecía escrito desde el segundo cuarto. Los griegos controlaron el cierre del encuentro con oficio, dureza y una superioridad incontestable.
El vigente campeón se despide así de la lucha por el título europeo dejando una actuación muy alejada de la imagen poderosa y competitiva que había construido durante toda la temporada. Ahora tocará levantarse para pelear por el tercer puesto ante La Laguna Tenerife, pero la sensación que deja esta semifinal es amarga: cuando llegó la gran noche, el Unicaja nunca consiguió parecer el campeón.
Por Antonio J. Reyes BasketAxarquía

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